Hace ya casi 10 años, un día de entre septiembre y noviembre, iba con mi compañero de misión caminando hacia nuestra casa. Habíamos recibido alimentos preparados con mucho amor, pero por algunas normas para evitar malentendidos no podíamos consumirlos en casa de la hermana que nos lo brindaba. Entonces, con almuerzo en mano caminábamos a ritmo lento por una pequeña senda a la par del camino internacional, como quien va llegando al imperial (En ese entonces Sodimac), frente a Glorias Navales (el montón de edificios al pie de la carretera no existían, era solo un terreno amplio). A un costado de esa tan transitada carretera había un hombre mayor que se notaba en evidente apuro. Sentí con mucha fuerza que debíamos ayudar.

Este hombre, de contextura gruesa y aparente actuar torpe, del aspecto de hombre de mucha experiencia y vida ardua, se movía de un lado a otro en el costado opuesto de su camioneta como tratando de revisar los daños que había sufrido: Al pasar por una de las curvas al parecer había pasado sobre una lata con la poca fortuna que al pasar la lata se rasgó exponiendo el filo y cortando las llantas frontal y trasera del lado izquierdo. Con paciencia y ya notando nuestra presencia a su lado, murmuraba algunas instrucciones, al parecer preocupado y algo en shock aún. Nos permitió ayudarle y empezamos a trabajar pues ya se encontraba parcialmente levantado el carro.

Este hombre muy preparado y precavido tenía consigo 2 llantas de repuesto; inquirí al respecto mas no fue inteligible el murmullo del señor como respuesta a mi interés. Posicionamos las llantas de repuesto a un lado del carro para realizar el cambio rápidamente. El hombre entró bajo el carro para terminar de levantar un poco el carro y es entonces cuando la cámara lente empieza.

Empezamos a percibir un poco de movimiento del carro como parte de la tarea del señor, pero en ese mismo instante algo no estaba bien, el carro empieza ha deslizarse un poco hacia adelante. No recuerdo como, pero aguantamos el carro unos segundos que parecieron eternos al mismo tiempo que como pudimos decíamos al hombre que saliera de donde se encontraba. El hombre salió y el carro cayó, rodando un poco. Corrimos al frente a procurar frenarlo al tiempo que el dueño entraba a aplicar el freno que hacía falta. Mi compañero y yo estábamos asustados y agradecidos que todo hubiese salido bien. Teníamos nuestras camisas sucias y los corazones latiendo fuertemente. Terminamos la tarea y seguimos.

No hablamos del tema mientras comimos, luego nos cambiamos y salimos a predicar nuevamente. Hoy, que era uno de esos días que sentía que no había logrado mucho en mi misión, vino a mi mente el día que estuvimos allí para ese hombre. Sepan que Dios nos ama, nos protege y nos ayuda a proteger también.