Hace poco mas de 10 años tuve la idea de entrar a un coro en la iglesia — para aquellos que conocen lo suficiente de Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, este era el coro de la estaca — y empecé a trabajar por lograrlo. Esta no era una tarea simple, pues mi voz no era — y cabe decir que aún no lo es según ningún estándar profesional — nada ajustado a los mínimos aceptables para cantar en dicho coro.

El director del coro, quien hablaba y habla en un ritmo un poco acelerado y firme pero alegre al mismo tiempo, me instó a hacer una prueba para entrar. No se me olvida la frase: Nadie puede estar de espectador de las prácticas del coro sin al menos hacer la prueba. Pero valía la pena un momento de sufrimiento a cambio de un par de horas de armonía. Aquello significaba una frustración enorme y casi que me salían las lagrimas con las bromas que seguían al no lograrlo. Pero las burlas eran el equivalente al fuego en un crisol. Lo cual suena romántico una vez ha pasado el momento; imaginar que uno es refinado por medio del fuego como un metal precioso es separado de la escoria. El problema es que esa escoria es un pedacito de uno mismo y duele bastante deshacerse de cada esquirla.

Las prácticas del coro eran y con frecuencia son los domingos en las semanas previas a una conferencia. Eso exponía ventajas y desventajas; entre las ventajas está el tener 6 días para practicar, pues conocía la melodía y la entonación requeridas; entre las desventajas que tenía un número finito de oportunidades antes de entrar en un receso de 6 meses (frecuencia de las conferencias). Así que desde el primer día entre las bancas frente al coro presté mucha atención a todo lo que sucedía, pues debía encontrar una manera de lograr la entonación necesaria y aprender la melodía; ambas cosas muy difíciles para alguien que nunca había cultivado algo similar.

No tardé en darme cuenta que entre quienes cantaban habían algunas personas que no entonaban muy bien su correspondiente voz en el coro. Recuerdo claramente a una señora, cuyo nombre no recuerdo pero su cara sí con claridad, que siempre llevaba un entonación algo desafinada. Ahora bien, a pesar de estar un poco desafinada y recibir por lo tanto burlas constantes de mas de un(a) joven impertinente, ella había sido admitida en el coro pues tenía la entonación "suficiente". Y, saber que alguien no estaba tan abismalmente separado de mí en su habilidad, fue una invitación abierta a practicar y esforzarme.

En nuestro transcurrir por la vida con frecuencia nos encontramos en una posición donde no somos los mejores en alguna habilidad o práctica en particular e incluso en nuestro esfuerzo por seguir a Jesucristo. Eso puede ser motivo de burla entre creyentes o no creyentes, así como motivo de burla o frustración en cualquier otra habilidad o grupo profesional u ocupacional en el que nos desenvolvamos. Pero nuestros esfuerzos por dar lo mejor de nosotros pueden ser el ancla de otra persona para quien nuestro esfuerzo y logros no son una luz de esperanza.

Estos pensamientos vinieron a mi mente al participar de la clase de este Domingo que recién pasó basada en el artículo "Las canciones que se cantan y las que no se cantan".